16 agosto 2006

RETOMANDO VIEJOS FANTASMAS...


Siempre he sabido pintar, supongo que al principio garabateaba como todos los bebés. Pero hay un momento, no se exactamente hacia que edad (eso es cosa de los psicólogos y fauna similar), en que la mayoría de los niños empiezan a perder el interés por el dibujo y al mismo tiempo pierden la facilidad para expresarse a través de él. Descubren la palabra y con el tiempo lo innato para la pintura como que se les atrofia. Sospecho que se les muere por falta de riego. Por alguna razón no me sucedió a mí.

Mis primeros recuerdos, esos que flotan en una especie de puré intemporal donde no se sabe que fue antes o después, están sembrados de lápices alpinos, cajitas de acuarela, dibujos desparramados y dedos manchados de rotulador. En la primera imagen consciente de mi madre que atesoro en mí memoria, ella aparece frotando una pared mientras me riñe enfadada. Me temo que mis ganas de “expresión artística” me llevaron a perpetrar un “bonito mural”. Intuía que mamá adoraba mis dibujos porque luego los colocaba por todas partes, supuse que si los pintaba directamente en los muros le ahorraría trabajo… pero como que a ella no le gustó tanto la idea... Los “artistas” siempre hemos sido seres incomprendidos.

El caso es que, al tomar la pintura como la forma más natural y lógica de expresión, no tuve nunca esta otra de la escritura. Ya os he contado que no fui de esas adolescentes que componían patéticos y románticos poemas, ni tampoco escribí jamás la famosa frase de “querido diario…” me limité a lo justo y necesario: los apuntes del colegio, alguna notita al compañero de atrás… y hasta ahí mis capacidades literarias.


Pero hace algunos años, casi tantos como los que tiene mi hijo, me fue imposible pintar durante mucho tiempo. Una lesión de espalda me obligó a pasar casi dos años tirada en cama. Todos aquellos meses tumbada cuan larga era mirando al techo supusieron muchas cosas: Apasionarme más aun por el cine de todo tipo. En blanco y negro, en color, con subtítulos, sin subtítulos, de hoy, de ayer y de la prehistoria, musicales, de terror, de vaqueros, de piratas, cine negro, italiano, español, americano, polaco, chino… en fin… que los videoclubes de la zona tenían su supervivencia asegurada. Me permitía olvidarme de mi realidad durante un rato.
También leer, muchísimo e igualmente de todo, porque me tenía que conformar con lo que me traían. Y que el melenudo, que por entonces tendría un par de añitos y el pelo mucho más corto, convirtiera mi cama en su especial jardín de juegos donde construía ciudades entre los pliegues de las sabanas mientras sus cliks subían en coche por las montañas que formaban mis rodillas. Él también me decoraba las paredes que podía ver yo desde la cama con sus dibujos... nunca he dudado que es un artista nato. Me ponía sus pelis de dibujos una y otra vez para que no perdiera detalle de las escenas más espeluznantes y leíamos juntos a Súper López, Tintín, Snoopy, Garffield... todo era buen pasto del que comer durante los interminables días de inmovilidad.

Al principio intenté pintar pero era muy complicado. Tenían que traerme demasiadas cosas y siempre algo me quedaba lejos o se vertía el disolvente y se manchaba todo… demasiada gente a mí alrededor de la que depender y eso nunca me gustó.
Al final acababa cabreada y deprimida y lo dejé por imposible.

Fue entonces cuando empecé a escribir. Eso no requería dar el coñazo a nadie, un cuaderno y un bolígrafo… era sencillo... y como no aspiraba al Nóbel y sólo lo iba a leer yo… todo estaba bien así que empecé a contarme cosas.
Llené cajones, dije bien: CAJONES, de cuadernos que fueron mi “terapia” para tanta rabia, vacío, soledad, monotonía... pero aprendí a soportarme más y a entender un poco mejor lo que me rodeaba.

Cuando pude volver a hacer “vida normal”, a salir, a pasear con mi hijo… a pintar... cuando por fin dejé aquella odiosa cama que fue mi universo durante tanto tiempo, dejé también los cuadernitos aparcados en un rincón... y una noche de San Juan, con todas sus connotaciones esotéricas de meigas y trasgos, de espíritus buenos y malos, donde el fuego y el agua lo purifican todo, mientras cenaba y bebía con amigos y familia y saltábamos las fogatas del solsticio de verano, tiré uno a uno todos aquellos cuadernos a las llamas sintiendo agradecida que me habían servido para conjurar y liberarme de muchos de mis “demonios”.

Algunos de mis viejos fantasmas han vuelto a visitarme últimamente junto con otros nuevos y totalmente desconocidos... sólo que esta vez el exorcismo será a golpe de pincel... a veces es bueno sacarle el polvo a alguna costumbre perdida en el recuerdo...